TheChileTime

Cuando un joven se apaga, el país también pierde

2026-03-04 - 21:44

Las cifras ya están sobre la mesa. No son percepciones ni exageraciones. Entre 2018 y 2023, las consultas de salud mental en población de 0 a 19 años (niños, niñas y adolescentes) en el sistema público prácticamente se duplicaron en Chile, pasando de 33.378 a 62.591 atenciones anuales (SITAN 2025). En ese mismo periodo, su peso dentro del total de consultas de salud mental aumentó de 14,6% a 19,3%. Pero detrás de esos números no hay estadísticas frías. Hay jóvenes que dejaron de dormir bien. Que sienten ansiedad constante. Que se aíslan. Que ya no disfrutan lo que antes les gustaba. Que discuten más en casa. Que se desconectan en la sala de clases. Que pierden vínculos sin saber cómo explicarlo. La salud mental juvenil no es un fenómeno abstracto. Se vive en el comedor familiar, en los grupos de WhatsApp que ya no responden, en la pareja que no logra entender qué está pasando, en la frustración que se transforma en silencio. Lee también... "Tomás llegó con los ojos rojos": La profesora que anotaba todo en un cuaderno que nadie leía Viernes 27 Febrero, 2026 | 13:09 El propio Programa Nacional de Salud Integral de Adolescentes y Jóvenes del Ministerio de Salud reconoce que, tras la pandemia, los problemas emocionales se intensificaron y han impactado la convivencia y el bienestar en distintos entornos. El Plan de Acción 2024–2030 habla de fortalecer la detección temprana y trabajar con familias. Es un avance. Pero el desafío es mayor que un protocolo. Porque lo que está en juego no es solo la salud individual. Es la calidad de nuestras relaciones. Un joven con ansiedad puede parecer distante, irritable o poco comprometido. Una joven con depresión puede ser interpretada como desmotivada o “conflictiva”. Muchas veces no vemos el dolor: vemos la conducta. Y respondemos desde el juicio, no desde la comprensión. Ahí es donde la familia y las redes marcan la diferencia. No se trata de hogares perfectos. Se trata de adultos que escuchen sin minimizar. De espacios donde decir “no estoy bien” no sea motivo de burla ni de castigo. De comunidades que no estigmaticen la búsqueda de ayuda. De colegios que promuevan el buen trato. De amistades que no desaparezcan frente al primer cambio de ánimo. El deterioro emocional no tratado también tiene consecuencias sociales profundas: abandono escolar, relaciones violentas, aislamiento extremo. Incluso, en los casos más graves, el suicidio sigue estando entre las principales causas de muerte en jóvenes en nuestro país. Esa realidad nos obliga a mirar el tema con seriedad. Como sociedad solemos hablar de crecimiento, innovación y desarrollo. Pero olvidamos que el verdadero motor de cualquier país son las personas. Y si quienes están construyendo su proyecto de vida se sienten solos, agotados o desconectados, el problema no es solo sanitario: es cultural y colectivo. La salud mental juvenil no es un asunto privado que se resuelve puertas adentro. Es un espejo de cómo estamos conviviendo. Cuando un joven se apaga emocionalmente, algo en su entorno también falló. Y cuando eso ocurre de manera masiva, el país entero pierde energía, creatividad y futuro. Chile ya tiene el diagnóstico. Las cifras son claras. La pregunta ahora es más incómoda: ¿Estamos dispuestos a ser una red real de apoyo o seguiremos mirando el problema desde la distancia? Juan Alberto Díaz Docente

Share this post: