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Estudio chileno confirma las 4 formas en que estar en la naturaleza beneficia nuestros cerebros

2026-03-22 - 17:31

Llevas semanas con el cerebro frito. Deadlines apilados, el feed repleto de noticias malas, el WhatsApp que no para y la sensación de que concentrarte más de cinco minutos seguidos ya es un logro olímpico. En algún punto, alguien te habrá sugerido lo de siempre: “sal a caminar, te hace bien”. Y tú, como cualquier persona razonable haría, lo ignoraste y volviste a la pantalla. Pues bien: tenían razón. Y ahora hay 108 estudios de neuroimágenes para probarlo. Una investigación con importante participación chilena, publicada en enero de 2026 en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, confirmó algo que la humanidad sospechaba desde que alguien, hace milenios, decidió sentarse bajo un árbol: la naturaleza transforma físicamente la actividad de nuestro cerebro. Y lo hace más rápido de lo que imaginas. El estudio no consistió en un experimento único, sino en algo más ambicioso: revisar toda la evidencia científica disponible sobre cómo el cerebro reacciona cuando nos exponemos a entornos naturales. Para eso, el equipo analizó los resultados de 108 estudios de neuroimágenes publicados en diversas disciplinas, desde la neurociencia hasta la psicología ambiental y la salud pública. La investigación fue liderada por la doctora Constanza Baquedano, junto a Antonia Olguín y el doctor Luis Sebastián Contreras-Huerta, los tres del Centro de Neurociencia Social y Cognitiva (CSCN) de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez en Santiago. Los acompañaron el doctor Fernando Rosas, del Imperial College London y la Universidad de Sussex, y la doctora Mar Estarellas, investigadora postdoctoral en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad McGill, en Canadá. En otras palabras: una parte importante del estudio más completo que existe sobre lo que hace la naturaleza a nuestro cerebro se cocinó en Chile. Para medir lo que ocurre en el cerebro, los investigadores consideraron estudios que utilizaron electroencefalogramas (EEG), resonancias magnéticas funcionales (fMRI), espectroscopía funcional de infrarrojo cercano (fNIRS) y resonancias magnéticas estructurales. Los participantes de los distintos estudios experimentaron la naturaleza de formas muy variadas: algunos caminaron por espacios verdes reales, otros observaron paisajes naturales en laboratorio, y algunos lo hicieron incluso a través de entornos de realidad virtual que simulaban bosques, océanos o montañas. El resultado fue notablemente consistente. Lo que le ocurre a tu cerebro bajo los árboles Los investigadores identificaron una especie de “cascada de efectos”, cuatro cambios que se desencadenan de forma secuencial en el cerebro a medida que nos exponemos a entornos naturales. No son independientes entre sí; cada uno abre la puerta al siguiente. 1. El cerebro procesa más fácil lo que ve El primer cambio ocurre en cómo el cerebro procesa la información visual. Las ciudades y las pantallas nos bombardean con estímulos caóticos, densos y de ritmo acelerado que exigen un esfuerzo perceptivo constante. La naturaleza, en cambio, tiende a organizarse en patrones fractales —esas estructuras que se repiten a distintas escalas, como las ramas de un árbol, las olas del mar o la forma de las nubes— que el cerebro procesa de manera mucho más eficiente y con menos esfuerzo. Los estudios de EEG revisados mostraron que frente a entornos naturales, el cerebro presenta un aumento de las ondas alfa y theta, asociadas a un estado de vigilia relajada, y una disminución de las ondas beta, ligadas al esfuerzo cognitivo activo. Traducción al español: el cerebro trabaja menos y descansa más. 2. El estrés se asienta Una vez que la carga sensorial disminuye, el sistema de alarma del cuerpo comienza a calmarse. El corazón late más despacio, la respiración se profundiza y las regiones del cerebro implicadas en la detección de amenazas —principalmente la amígdala cerebral— muestran una reducción de actividad. Los estudios de resonancia magnética funcional revisados evidenciaron que, tras pasar tiempo en entornos naturales, la amígdala se vuelve menos activa. También disminuye la actividad en la corteza prefrontal subgenual, una región asociada al pensamiento negativo repetitivo. El cuerpo, en definitiva, sale del modo de alerta permanente en el que lo mantiene la vida urbana. Uno de los estudios más citados al respecto demostró que una caminata de 90 minutos en un entorno natural redujo significativamente la actividad neuronal en esa zona prefrontal, la misma vinculada a la rumiación de pensamientos negativos y la depresión. 3. La atención se restaura sola Con el estrés reducido, el tipo de atención que usamos a diario —esa que empleamos para concentrarnos en una tarea, tomar decisiones o ignorar distracciones— cede el paso a un modo de atención más restaurador. La naturaleza capta nuestra mente de forma suave y sin esfuerzo: el movimiento del agua, el sonido del viento entre las hojas, la luz cambiante a través de las ramas. Todo eso nos involucra sin agotarnos. En varios experimentos, los participantes que habían pasado tiempo en entornos naturales obtuvieron mejores resultados en pruebas de concentración realizadas posteriormente. El cerebro, literalmente, había aprovechado el rato para reiniciarse. 4. El monólogo interior se silencia El cuarto efecto es quizás el más interesante para quienes viven con el cerebro en modo “loop” perpetuo. Las redes neuronales asociadas al pensamiento autorreferencial —ese circuito que activa la mente cuando divagamos, nos juzgamos o reproducimos mentalmente conversaciones del pasado— muestran menor actividad tras la exposición a la naturaleza. En neurociencia, estas redes se agrupan bajo el nombre de red neuronal por defecto. En entornos naturales, según los estudios revisados, se reorganizan de forma que favorecen un estado mental más tranquilo y menos disperso. Lo que en lenguaje cotidiano se describiría como “dejar de darle vueltas a todo”. ¿Y qué significa “estar en la naturaleza”? ¿Basta con salir al patio? Aquí viene la pregunta práctica: ¿hace falta internarse en el bosque valdiviano durante una semana para obtener estos beneficios, o alcanza con sentarse en la plaza del barrio? La respuesta corta es: depende de cuánto quieras. La doctora Estarellas fue directa al respecto: “Con tan solo tres minutos en un entorno natural se pueden producir cambios medibles, pero las experiencias más inmersivas en el mundo real y una exposición más prolongada generalmente se asocian a efectos más fuertes y duraderos”, explicó. La revisión plantea que la exposición a la naturaleza existe en un espectro amplio. En un extremo están las grandes inmersiones: una excursión por el Parque Nacional Torres del Paine, un día en la playa o una tarde en el bosque. En el otro, los microcontactos cotidianos: sentarse en un parque urbano durante el almuerzo, ver árboles desde la ventana, tener plantas en casa e incluso observar fotografías de paisajes naturales. Y claro, la pregunta obvia: ¿sirve ver naturaleza a través de una pantalla? La realidad virtual puede ayudar, según los estudios revisados, pero la experiencia real —con su imprevisibilidad, sus olores, sus texturas, su temperatura— produce procesos de restauración más intensos y consistentes. Mirar el bosque en YouTube, en definitiva, no es lo mismo que pisar el bosque. (Aunque algo ayuda, sobre todo al dueño del video). En los estudios más específicos, se encontró que alrededor de 15 minutos en un entorno más inmersivo comenzaban a producir efectos más pronunciados. Pero incluso los microcontactos frecuentes —cruzar un parque de camino al trabajo, almorzar cerca de árboles— generan beneficios acumulativos que el investigador describe como relevantes para la salud cotidiana. El descanso digital no alcanza Uno de los puntos más sugerentes del estudio es su relación con el debate actual sobre el exceso de pantallas. La doctora Estarellas señaló que los hallazgos sugieren que la naturaleza ofrece un tipo de reinicio mental que el simple “descanso digital” no puede proporcionar. La razón, según el estudio, es que el problema no es solo la pantalla: es el entorno en sí. Las ciudades y los espacios interiores mantienen el cerebro en estado de alerta permanente a través del ruido, las luces artificiales, el movimiento constante y la toma continua de decisiones. Dejar de mirar el teléfono ayuda, pero no elimina esos estímulos. La naturaleza, en cambio, entrega señales sensoriales —de sonido, luz, temperatura y movimiento— que el sistema nervioso interpreta como una señal de seguridad. Y responde automáticamente. También hay evidencia, aún preliminar, de que la exposición continuada a entornos verdes podría dejar huellas en la anatomía cerebral. Estudios de resonancia magnética estructural sugieren que vivir cerca de espacios verdes se asocia con mayor volumen de materia gris y mejor integridad de la materia blanca en algunas poblaciones. Los propios autores son cautos al respecto: son estudios correlacionales y no prueban causalidad. Pero abren una pregunta interesante sobre si los pequeños efectos restauradores, repetidos día a día, se acumulan con el tiempo. “La neurociencia nos da un lenguaje para esto” Más allá de los mecanismos cerebrales, la doctora Estarellas destacó el potencial de estos hallazgos para influir en políticas públicas y diseño urbano. “Sabemos intuitivamente que la naturaleza nos hace sentir bien, pero la neurociencia nos da un lenguaje que le otorga credibilidad a la hora de tomar decisiones sobre cómo la naturaleza se considera en las políticas de salud y los espacios que construimos”, planteó. La investigación respalda el movimiento hacia el diseño urbano verde y hacia la llamada “prescripción social”, una práctica ya habitual en el Reino Unido donde los médicos del Sistema Nacional de Salud recomiendan tiempo en la naturaleza como parte del tratamiento de sus pacientes. No es metáfora: es una indicación médica. Y la doctora Estarellas agregó un punto que quizás no esperabas: “Las investigaciones muestran que las personas que se sienten más conectadas con la naturaleza tienden a mostrar más conductas proambientales. Cuidar la naturaleza y cuidarnos a nosotros mismos no son cosas separadas; se refuerzan mutuamente”. Dicho de otro modo: salir a caminar no solo te hace bien a ti. También, a la larga, puede hacérselo al planeta. No está mal para tres minutos bajo un árbol, ¿eh? Cómo hicimos esta nota Esta nota fue escrita por Claude, la inteligencia artificial de Anthropic, siguiendo el estilo de escritura del autor, la estructura proporcionada y siendo verificadas sus fuentes.

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