Franz Kafka en la escena mundial de hoy
2026-03-25 - 13:20
Confieso que tenía cierta ansiedad por este libro. El hecho de saber de pronto, hace algunos años, que existía un libro de conversaciones con Kafka me parecía irreal. No podía ser, entre otros motivos porque consideraba que no era posible siquiera conversar con Kafka. ¡De qué!, ¡qué se le podía preguntar si estaba todo dicho! Sobre todo porque su trabajo era una obra cerrada que no necesitaba ningún apunte ni comentario del exterior. Incluso creía que era saludable para la obra kafkiana precisamente esa distancia hecha a base de un sentido siempre inagotable y capaz de actualizarse desde dentro, que su escritura no pudiera ser comentada ni por el propio autor. Kafka y su obra eran una misma cosa letrada. Kafka no tenía vida ni existía fuera de esa obra. Ese anónimo K. era suficiente como atisbo de ese escritor checo-judío en lengua alemana en manos de cualquier lector. Además, se notaba un retraimiento natural en Kafka: de módicas publicaciones en vida, nunca lo entrevistó el Times Literary Supplement, ni lo enfocó la TV checa, no fue el libro del mes ni tuvo uno entre los más vendidos del año, no recibió premio alguno ni adelantó algún capítulo en una librería con oyentes para luego firmar ejemplares; y para colmo le dijo a Max Brod que quemara su obra si lo estimaba conveniente. Lee también... Rodrigo Lira en el quinquenio salvaje Jueves 12 Marzo, 2026 | 10:09 Era una fuerza desafecta para no desear siquiera convertirse en personaje ni llamar la atención, sostenida en la idea de que su obra hablaba rotundamente por él. Como bien lo perfilaba Marthe Robert aludiendo a su radicalidad en un libro ensayístico, Kafka había escrito: “Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, incluso las conversaciones sobre literatura”. En relación a una obra que se actualiza sola, se podría decir lo siguiente: si seguimos la pista de lectura de Deleuze y Guattari sobre Der Prozess (El proceso) en el ensayo Kafka por una literatura menor (1972), notamos cómo se ha incrementado hasta el paroxismo la potencia maquínica-deseante; ya son porciones del mundo (en vez de personas) las que virtualmente engulle y atrae a su funcionamiento: Groenlandia, México, Canadá, Ucrania, Gaza (Cuba y Taiwán en espera), Irán, el Golfo Pérsico, etc., añadiendo a la captura suministros energéticos críticos estén donde estén. Previamente a convertirlas en objetivo, todas y cada una de estas piezas y partes de algo son culpables o se les ha imputado una culpabilidad o incumplimiento. Estamos pasmados ante la ausencia enunciativa de la ley o al menos de reglamentaciones básicas en la escala mundial: silencio de fondo de la ONU, OEA, OTAN, Unión Europea, Tribunal Penal Internacional, etc., que se han mostrado como sitios desoladoramente vacíos, sin discurso, relegados a la mudez, un vacío en todo y todos. Y si algo logran decir, si un rumor se les escapa, qué vacío en el mismo enunciado, vacío respecto de lo que debería ser dicho o ya ha sido dicho. Esto hoy es hiperkafkiano, y no en el sentido de lo absurdo, simbólico ni alegórico, sino en el maquínico, material y estructural del término. En esta situación geopolítica, la ley no dice nada, y si algo dice sólo se explicita en el castigo. Y el que castiga, por el sólo hecho de castigar, es el bueno. El bueno se reconoce en que castiga, en la potestad para aniquilar a otro ante su solo deseo, aún en el exceso pasándose a lo ilegal, lo indebido, al mal: son las señas de un “bien” soberano, sin límite, tan bueno que puede tomar el aspecto horribilis que necesite, porque es el bueno. Kafka, además, tipificó a ese personal adyacente a otros deseos maquínicos, tal como el cura en El proceso, predicando en la iglesia, se descubre funcionario de los tribunales y supeditado a ellos. ¿No es el caso de un Mark Rutte nada menos que en la OTAN? Pero mi rechazo a saber más de Kafka era una postura inicial, impresionista, que no podía sostenerse más. Franz Kafka fue una persona que existió en la Praga de fines del siglo XIX y comienzos del XX, tenía un trabajo estable en la calle Na Poří í 7, e iba todos los días a la oficina en el Instituto de Accidentes del Trabajo. Había, por tanto, que entrar al libro experimentando la misma sensación de Gustav Janouch cuando le dirigió la palabra por primera vez: “decepcionado por tener ante mí a un hombre normal y corriente”. Uno sabe de inmediato que de normal y corriente nada, que Janouch ya se dará cuenta. Son conversaciones casuales o sueltas que luego Janouch formaliza; Kafka no está enterado de que la memoria de Janouch lo está grabando. Janouch, en todo caso, se las envió a Max Brod y éste le aprobó y alentó el libro porque sin duda tenía valor. No son las conversaciones tal como las entendemos hoy. Por eso el título original era bastante más apropiado: Kafka me dijo, luego cambiado por la editorial por las razones que ya sabemos. El padre de este Janouch también trabaja en el Instituto con Kafka (de treintaisiete años) y es el que se lo presenta. A Kafka sin duda este aprendiz (de diecisiete años) le vino en gracia, ya que permitió lo abordara en la oficina y caminara un rato con él por Praga. Janouch comenzaba a escribir y a estar progresivamente enterado del mundo literario, político y cultural, de manera que iba adquiriendo cierta competencia para estar ahí; Kafka ya había publicado La metamorfosis (1915), editada por Kurt Wolff, y escrito otros relatos y cuentos que definían su obra, así como material inédito que esperaba la impresión. Vamos a aislar algunas singularidades vividas y oídas por Janouch en las que finalmente resuena la propia obra del checo: cada palabra pronunciada por Kafka “era una piedra”, en el sentido de la exactitud de lo dicho, lo bien puesto, el alcance de sus palabras; le encanta el golpe del martillo, el ruido de la sierra, el aroma de la madera cepillada. Esto porque por un tiempo iba al taller del carpintero Kornhäuser, en el barrio Karlín, a practicar ese oficio. Kafka sentía la necesidad de hacer algo concreto, pero sobre todo en la idea de no alejarse de los demás, lo que en su opinión provoca el trabajo intelectual. Le llama la atención la soltura y libertad de vida de su amigo el poeta Paul Adler (autor de Elohim y la novela experimental Nämlich, emparentadas con Kafka), quien, con esposa e hijos, va errante de casa en casa de sus amigos escribiendo. Lo contrasta con el remordimiento que experimenta al quedarse ahogado en su oficina llevando una vida muy formateada. Sobre la grafía de sus palabras dice otra cosa interesante: “Mis letras son nudos corredizos”. Apuntaría al sentido doble de las palabras de atrapar algo y la flojedad o incapacidad de las mismas para la captura del referente. Admira, además, a ese fino poeta y prosista malvado, Peter Altenberg, otro rey de la noche bohemia vienesa, quien podía vivir nada más que de papas todo el año y sablazos a los amigos que lo ayudaban encantados (habría que recordar que el escritor y crítico chileno Armando Donoso daba la primicia sobre tal personaje en un capítulo breve de La sombra de Goethe, ¡libro de 1900!). Kafka, digamos, es tan consciente de las pretensiones de realidad y poder del lenguaje: “Tanto la nación como la clase obrera no son más que generalizaciones abstractas, conceptos dogmáticos, apariencias nebulosas que sólo se han convertido en algo concreto gracias a una operación lingüística. Su vida está anclada en el habla (...)”. Tan aguda y molesta es su reflexión general, que el semanario comunista francés Action, en 1946, realizaba una encuesta preguntando: “¿Hay que quemar a Kafka?”. Como conoce tan bien la dependencia y solidaridad interna de las piezas y partes de la máquina-mundo, percibe el cambio neto de los nuevos tiempos históricos: “Ya no reconocemos el encadenamiento suprapersonal del sentido de las cosas. (...) No vivimos en un mundo destruido, sino en un mundo desquiciado. Todo rechina y cruje”. Su vistazo certero en el borde es desolador: “El hombre ya sólo es un aparato de multiplicación de capital que ha quedado anticuado, un residuo de la historia cuya capacidad científicamente insuficiente pronto se verá reemplazada por autómatas cuya mente no presente dificultades”. ¿No estamos en eso? En la misma línea, la meditación de Kafka se vuelve implacable al desentrañar los humos de esa palabra que atrajo como un ídolo redentor a un siglo XX demasiado cándido: “La revolución se evapora y sólo queda el barro de una nueva burocracia. Las cadenas de la atormentada humanidad están hechas de papel de oficina”. Es decir, se trataría de algo mucho más sutil esas dependencias y engarces que nos retienen y que una revolución política pretende simplificar, de una velada pero vastísima paralización que nos tiene ahí pegoteados. Lee también... Neruda, Lihn y Parra versus Fidel Castro Jueves 26 Febrero, 2026 | 11:15 Finalmente, en una carta de Walter Benjamin dirigida a Gerhard Scholem, en 1938, cuyo contenido principal es la crítica a una biografía feble de Max Brod sobre Kafka, anota: “Lo verdaderamente genial en Kafka fue que probó algo nuevo por entero: abandonó la verdad para atenerse a su transmisibilidad”. Eso vacío que hoy notamos por doquier, esa deflación de casi cualquier cosa en la que debía o suponíamos había algo, es nada menos que ese vacío que deja la verdad y el sentido en todo lo medular de su significado, al ser destituidos de su lugar. Estas conversaciones se extendieron por unos cuatro años hasta la muerte de Kafka. La publicación del libro fue toda una peripecia y esfuerzo no menos kafkiano, con detalles insólitos que bien pudieron abortarlo todo. La imagen final de este hombre “corriente” para Janouch en el inicio, terminó así: “No puedo leer los libros de Franz Kafka porque temo que con el estudio de sus escritos póstumos podría debilitarse, enajenarse o quizás incluso perderse por completo la magia de su personalidad que todavía conservo viva y que hasta ahora, con el ejemplo inquebrantable de su vida y de sus ideas, siempre me ha dado nuevas fuerzas cuando me he sentido hundido hasta el cuello en la marea del miedo y la desesperación”. Y todo esto al paso, casual, entre calles, puentes e iglesias de Praga, con un Kafka jovial, amable, único.