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Las derechas de Kast: el desafío de ordenar una derecha sin liberalismo

2026-03-16 - 16:44

Durante más de un siglo, el liberalismo funcionó como el eje estructurador de la derecha occidental. No era simplemente una doctrina entre otras, sino el principio de equilibrio que permitía convivir a tradiciones distintas: conservadores preocupados por el orden, liberales económicos centrados en el mercado, tecnócratas orientados a la gestión y corrientes moderadas que aceptaban la democracia representativa. Ese marco común actuaba como punto de apoyo del sistema político, fijando los límites del conflicto y proporcionando un lenguaje compartido. Pero en las últimas décadas ese mismo liberalismo ha pasado de ser el fundamento que estabilizaba el orden a convertirse en el epicentro de la ruptura. Las crisis económicas, la erosión de la promesa meritocrática y la fractura cultural de las sociedades occidentales han debilitado su capacidad de organizar el campo político. El resultado de esa transformación no ha sido únicamente una reinvención de la izquierda, que buscó nuevas formas de crítica social tras el agotamiento del ciclo neoliberal. También ha dejado a la derecha sin su centro histórico. Lo que antes aparecía como un bloque relativamente coherente se ha convertido en una constelación de tradiciones que ya no encuentran un principio doctrinario común: libertarianismo económico, conservadurismo moral, nacionalismo identitario o tecnocracia pragmática conviven sin una síntesis clara. Lee también... Una alternancia que tendrá los pies de plomo Lunes 16 Marzo, 2026 | 08:55 En ese contexto, la política deja de estructurarse en torno a grandes doctrinas y pasa a organizarse alrededor de narrativas de emergencia: seguridad, crisis, restauración, reconstrucción. La dispersión doctrinaria de la derecha contemporánea no es, por tanto, el resultado de una radicalización ideológica, sino el síntoma de algo más profundo: la desaparición del liberalismo como centro ordenador del sistema político. A comienzos de la década de 1990, tras la caída de la Unión Soviética, en Occidente se instaló la convicción de que el liberalismo había triunfado de manera definitiva sobre todas las demás rutas ideológicas. Parecía abrirse una era en que la democracia liberal, el libre comercio y la globalización constituirían el horizonte inevitable del orden mundial. Sin embargo, poco más de treinta años después, ese panorama se ha invertido de manera sorprendente: las propias potencias occidentales comienzan a cuestionar el libre comercio en nombre de la competencia estratégica, precisamente porque en ese terreno uno de los grandes vencedores ha sido el Partido Comunista Chino. Al mismo tiempo, dentro de las propias derechas el liberalismo entra en crisis y emergen con fuerza corrientes iliberales que disputan su primacía doctrinaria. De este modo, el liberalismo se ve empujado hacia territorios que antes le eran ajenos —tensiones proteccionistas, nacionalismos económicos, repliegues soberanistas— reproduciendo una deriva que ya había aparecido a mediados del siglo XX. El resultado es un giro histórico: el liberalismo, que durante décadas funcionó como pilar del orden político occidental, comienza a convertirse en uno de sus principales puntos de fractura. La pregunta es inevitable: ¿Por qué la derecha tuvo que abrirse a rutas iliberales?, ¿por qué se vio obligada a reducir el peso del liberalismo dentro de su propio horizonte doctrinario? La respuesta no está solo en un giro ideológico, sino en una transformación estructural del orden que el liberalismo prometía sostener. Durante décadas, el liberalismo ofreció tres garantías fundamentales: crecimiento económico, movilidad social y estabilidad institucional. Cuando esas promesas comenzaron a erosionarse —tras la crisis financiera de 2008, el aumento de la desigualdad y la percepción de que el sistema global favorecía a actores externos como China— el liberalismo dejó de aparecer como un principio de protección para amplios sectores sociales. En ese contexto, la derecha enfrentó una paradoja: seguir defendiendo sin matices el marco liberal implicaba aceptar dinámicas económicas y políticas que debilitaban la cohesión interna de sus propias sociedades. Abrirse a rutas iliberales —más proteccionistas, más soberanistas, más orientadas al orden— fue, entonces, menos una conversión doctrinaria que un intento de responder a un escenario donde el liberalismo ya no parecía capaz de garantizar aquello que había prometido. Desde entonces, la derecha vive una situación ambivalente. Por un lado, continúa enarbolando discursivamente los grandes principios que durante décadas definieron la identidad política de Occidente: la democracia, el Estado de derecho, la libertad individual. Pero, al mismo tiempo, no puede evitar enfrentar la crisis del propio orden occidental recurriendo a caminos que se apartan del liberalismo clásico: mayor intervención estatal, repliegues soberanistas, discursos de orden frente a la incertidumbre. Para algunos sectores de derecha, describir este proceso puede sonar a una denuncia o a una crítica moral. No lo es. Más bien se trata de reconocer un fenómeno más amplio: la transformación del marco político que organizó el siglo XX. De hecho, la izquierda occidental ha transitado una ruta en cierto sentido comparable, abriéndose en distintos momentos a formas de radicalización que también desbordaron sus tradiciones históricas. Lee también... El papelito y el papelón Domingo 15 Marzo, 2026 | 08:00 No se trata, por tanto, de una anomalía ideológica particular, sino de una tendencia de época, en la que las grandes corrientes políticas se ven obligadas a desplazarse fuera de sus marcos doctrinarios clásicos para responder a una crisis más profunda del orden que las había estructurado. El problema para la derecha, sin embargo, es doble. Su gran triunfo histórico fue precisamente el liberalismo, que terminó convirtiéndose en el marco institucional y económico dominante del mundo occidental tras el fin de la Guerra Fría. Por eso, cuando la izquierda se distancia parcialmente de ese horizonte, el movimiento resulta más comprensible: para ella, el liberalismo fue muchas veces un aprendizaje resignado, una adaptación pragmática a un orden que no había sido originalmente suyo. En cambio, para la derecha el liberalismo era patrimonio propio, la síntesis de sus victorias políticas e intelectuales. De ahí que su debilitamiento produzca una tensión más profunda: la derecha se ve empujada a explorar caminos que relativizan el peso del liberalismo precisamente en el terreno donde había construido su legitimidad histórica. Rutas para la derecha Kast tiene hoy numerosas rutas posibles por donde hacer avanzar a la derecha. Esa amplitud de caminos no surge simplemente de su liderazgo ni de una estrategia coyuntural, sino del nuevo escenario ideológico en el que la derecha se mueve tras la crisis del liberalismo. Durante décadas, el liberalismo funcionó como eje de convergencia entre distintas tradiciones —económicas, institucionales y culturales— que podían convivir dentro de un mismo marco. Cuando ese eje se debilita, lo que aparece no es una nueva doctrina clara, sino una multiplicidad de orientaciones posibles que compiten por definir el rumbo. En ese sentido, el proyecto político que se ha articulado en torno a Kast muestra precisamente esa oscilación: entre un libertarianismo económico más radical y un tradicionalismo moral más marcado, dos corrientes que no siempre convergen doctrinariamente pero que coexisten dentro de la nueva constelación de derechas. Por eso la amplitud estratégica que hoy tiene Kast no es necesariamente una ventaja doctrinaria, sino un síntoma de la transformación más profunda que atraviesa a las derechas contemporáneas. Allí donde antes existía un marco relativamente estable —instituciones fuertes, doctrina liberal clara y articulación con el orden occidental— hoy aparece un terreno mucho más abierto y fragmentado. En ese contexto, las narrativas políticas tienden a desplazarse desde los grandes proyectos ideológicos hacia relatos de restauración, reconstrucción o emergencia, que buscan responder a crisis percibidas más que articular un sistema doctrinario coherente. La dificultad no es exclusiva de Chile: es el dilema que enfrentan muchas derechas en el mundo cuando deben gobernar en un escenario donde el liberalismo ya no actúa como principio ordenador. La multiplicidad de rutas disponibles refleja, en última instancia, el mismo fenómeno: una derecha que debe avanzar sin el centro doctrinario que durante más de un siglo organizó su horizonte político. Kast puede ser hoy muchas derechas El repertorio que ya ha mostrado Kast permite observar con bastante claridad la amplitud de sus jugadas posibles. A lo largo de su trayectoria ha combinado registros distintos —a veces enfatizando la libertad económica y la reducción del Estado, otras apelando al orden, la identidad nacional o la defensa de valores tradicionales—, lo que revela un campo de acción político notablemente amplio. Esa versatilidad no debe entenderse necesariamente como inconsistencia, sino como la expresión de un liderazgo que se mueve dentro de un espacio doctrinario más abierto que en el pasado. En un escenario donde el liberalismo ha dejado de actuar como eje organizador exclusivo de la derecha, los liderazgos tienden a desplegar repertorios más amplios, capaces de dialogar con distintas tradiciones que conviven dentro del mismo campo político. Pero esta amplitud, que hoy puede aparecer como una ventaja evolutiva —como una forma de adaptación a un escenario político más fragmentado—, también puede transformarse en un problema. La capacidad de moverse entre distintas tradiciones de derecha permite ampliar la base política y responder con flexibilidad a contextos cambiantes. Sin embargo, esa misma plasticidad puede dificultar la construcción de un rumbo reconocible cuando llega el momento de gobernar. Un liderazgo que se desplaza entre registros libertarios, conservadores, securitarios o pragmáticos puede sumar apoyos en el corto plazo, pero corre el riesgo de enfrentar tensiones internas cuando esas corrientes comienzan a exigir coherencia doctrinaria o decisiones que favorezcan una ruta por sobre las otras. En otras palabras, lo que en la etapa de competencia política aparece como capacidad adaptativa puede convertirse, en la etapa de gobierno, en una fuente de fricción estratégica si no se logra construir un principio ordenador que dé sentido al conjunto. La crisis de legitimidad se ha producido fundamentalmente por la incapacidad de otorgar a la ciudadanía una ruta clara para el futuro de Chile. Nuestra época ha estado marcada por ir de un sitio al otro, con cada gobierno creyendo que es el que ha logrado llegar al fin de la historia. Pero no, siempre se ha desmentido. El movimiento sigue, implacable, dañino y profundo. Lee también... El mayor amarre para Kast: hereda una caja fiscal minúscula y que no cuadra Lunes 16 Marzo, 2026 | 10:15 Otorgar orden a la gestión y dirección política en ese contexto será particularmente complejo. La coexistencia de múltiples rutas dentro de la derecha implica que las decisiones de gobierno no solo deben resolver problemas prácticos, sino también ordenar tensiones doctrinarias que permanecen abiertas. En esas condiciones, la tendencia a alternar entre un día ampliamente pragmático —centrado en la gestión, los acuerdos y la estabilidad— y otro altamente ideológico —orientado a reafirmar identidades, principios o demandas de sectores específicos— se convierte en una combinación problemática. No solo introduce señales contradictorias hacia el sistema político y los actores económicos, sino que también dificulta la construcción de un rumbo reconocible para el propio gobierno. La razón es simple: el pragmatismo y la ideología operan con temporalidades distintas. El pragmatismo busca resolver contingencias inmediatas y construir equilibrios operativos; la ideología, en cambio, busca afirmar principios, trazar límites y marcar dirección histórica. Cuando ambos registros se alternan sin un marco doctrinario claro que los articule, el resultado suele ser una política errática: los actores políticos no saben qué esperar del gobierno, los aliados pierden orientación estratégica y los adversarios encuentran un campo fértil para señalar inconsistencias. En un escenario donde el liberalismo ya no cumple la función de centro organizador, la ausencia de un principio ordenador hace que esa oscilación entre pragmatismo e ideología no aparezca como flexibilidad estratégica, sino como incertidumbre estructural sobre el rumbo del proyecto político. El gobierno de Boric terminó y no supimos muy bien quién era Boric. Porque hay quienes ven siempre a alguien sin doctrina como un pragmático, pero la verdad es que se puede ser simplemente disperso. Veremos si los múltiples Kast encuentran un lugar donde afincarse y solidificar su gobierno como un proyecto. No es fácil, pero la verdad es que esa es la clave de la superación de la crisis. Y es que la crisis ha sido educativa, ambiental, por abusos en el mercado, por pensiones, por costo de la vida, por corrupción, en fin, la crisis ha tenido muchos colores. Y por eso es la crisis el elemento permanente y no los motivos. Si Kast quiere gobernar por temas, por motivos específicos, no podrá cumplir el rol de un gobierno de emergencia: el rol de superar la emergencia.

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