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Magallanes no es una región más

2026-03-20 - 19:01

El extremo austral de Chile está ingresando a una era de alta complejidad. Su ubicación geográfica, la riqueza de sus recursos pesqueros y su creciente valor geopolítico configuran una realidad cada vez más difícil de comprender para los órganos públicos con competencias en la región, tanto en lo interno como externo. Desde hace años, Magallanes se ha visto debilitada por la convergencia de dos fuerzas: por un lado, un ambientalismo ideologizado, superficial y desconectado de la realidad territorial. Por otro, una agenda austral capturada por intereses anclados en una época que dejó de existir. Lee también... Canciller visita la Antártica y destaca su rol en soberanía y en el cuidado del medio ambiente Jueves 19 Marzo, 2026 | 13:14 Este fenómeno se vuelve evidente al comparar la situación con Argentina, cuyo Estado logró definir y persistir con claridad en sus objetivos geopolíticos y sobre ello ha invertido sostenidamente en infraestructura y posicionamiento en su extremo austral. En nuestro caso, Magallanes se ha transformado en un laboratorio de ideas y proyectos que responden a visiones ideológicas que luchan unas con otras. Esto ha derivado en caminos que se entrecruzan de gestión en gestión, y al final vemos a una región prisionera de agendas que no dialogan entre sí ni con el impulso nacional que históricamente permitió consolidar soberanía en ese territorio. Esto explica las profundas asimetrías entre Chile y Argentina en el austro, en algunos aspectos, decisivas. Este estancamiento ha hecho que casi toda la política austral y antártica sea ejecutada desde Punta Arenas, debilitando una de las principales ventajas comparativas de Chile: su cercanía física con la Antártica. Mientras el país sigue discutiendo proyectos largamente postergados en esta ciudad, Argentina se fue más al sur y consolidó a Ushuaia, más cerca del anillo antártico, como plataforma logística y turística hacia ese continente. Aún más, avanza en proyectos en la Antártica que “juegan” y potencian a Ushuaia, por ejemplo la Base Petrel. En este contexto, el gobierno del presidente José Antonio Kast enfrenta una oportunidad histórica: abandonar la mirada centralista que ha tratado a Magallanes como una región más, evaluada históricamente con parámetros ajenos a su singularidad. Reorientar la relación de Chile con la Antártica exige comprender que la crisis del sistema internacional impacta directamente en esta política, y que se requiere seriedad estratégica, no gestos simbólicos ni agendas comunicacionales vacías. El desafío es complejo. Se trata de un gobierno con recursos limitados, múltiples urgencias y una ciudadanía cada vez más impaciente. En este escenario, la clave no es gastar más, sino gastar mejor. Persistir en proyectos definidos por cálculos electorales o en una política antártica anclada en inercias del pasado solo profundiza la desconexión con un entorno internacional en transformación. Un ejemplo elocuente de esta postergación es la construcción del camino que conectará el estrecho de Magallanes con el canal Beagle. Su lentitud —una de las mayores del país— simboliza el rezago estructural de la región. A estas alturas, su eventual finalización podría resultar tardía para impulsar el desarrollo de Tierra del Fuego y de las islas australes. A ello se suma una densa maraña regulatoria que desalienta la inversión y restringe el potencial productivo. Estas debilidades no son nuevas. Desde el Laudo Arbitral del Canal Beagle, el espacio austral ha experimentado retrocesos en su proyección estratégica. El acuerdo sobre el Campo de Hielo Patagónico Sur reabrió una frontera que el Tratado de 1881 había cerrado, desplazando el límite hacia el Pacífico en un tramo sensible. A esto se suma la cesión de uso y aprovechamiento de importantes glaciares situados en Chile, configurando uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente. Las falencias continúan en otros ámbitos: la falta de una estrategia coherente frente a la proyección de la plataforma continental argentina; la debilidad en la defensa de la soberanía chilena en el mar antartico en negociaciones internacionales; errores cartográficos en zonas sensibles; y decisiones difíciles de justificar en infraestructura estratégica antártica. No se trata de hechos aislados, sino de un cuadro persistente de desorden estratégico. Lee también... La deuda de Boric con Magallanes y su Cancillería de teflón Sábado 28 Febrero, 2026 | 08:00 Revalorizar Magallanes exige mucho más que declaraciones. Implica poblar el territorio, invertir en infraestructura, asegurar conectividad efectiva y consolidar una plataforma logística robusta hacia la Antártica. Pero también requiere un cambio más profundo: abandonar la mirada fragmentada y técnica con que el Estado ha abordado históricamente estos temas, y comenzar a interpretar el escenario global con realismo. Magallanes no es una región más. Es la puerta de entrada a la Antártica, el punto de articulación entre el Pacífico, el Atlántico y el océano Austral, y una reserva estratégica de agua, energía y conocimiento. Si Chile no lo entiende a tiempo y actúa en consecuencia, otros lo harán. Y entonces, será demasiado tarde.

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