No es un día de flores ni frases bonitas: es memoria de desigualdades que aún persisten
2026-03-08 - 12:24
El 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, no nació porque alguien dijo: “¿y si inventamos un día bonito con flores, chocolates y frases inspiradoras en Instagram?”. No. Nació porque históricamente las mujeres estaban hartas, hartas de desigualdad y hartas de abuso. Y cuando la historia se llena de gente cansada de lo mismo...tarde o temprano algo revienta. Hay algo curioso en la forma en que la sociedad mira a las mujeres: parece que siempre están siendo evaluadas. Si una mujer tiene carácter, es complicada; si es ambiciosa, es fría; si prioriza su carrera, es egoísta; si prioriza su familia, alguien preguntará por qué no se desarrolló más profesionalmente. Y si intenta equilibrar ambas cosas, aparece la pregunta que suena a admiración pero muchas veces es sospecha: cómo lo hace todo. Curiosamente, esa pregunta casi nunca se le hace a un hombre. Y después, con cierta sorpresa casi indignada, nos preguntamos por qué tantas mujeres de las nuevas generaciones ya no quieren tener hijos. Durante siglos, a las mujeres se les pidió algo bastante particular: sostener el ritmo del mundo sin hacer demasiado ruido mientras lo hacían. Cuidar, organizar, criar, sostener emocionalmente, trabajar, adaptarse y aguantar...ojalá con una sonrisa. Porque cuando una mujer se queja incomoda. Y cuando incomoda demasiado, aparecen palabras que conocemos bien: conflictiva, difícil, exagerada. A finales del siglo XIX y comienzos del XX muchas mujeres trabajaban en fábricas textiles. Jornadas eternas, sueldos miserables y condiciones laborales que hoy harían que cualquier comité de recursos humanos se desmaye en vivo. Lee también... Ipsos: chilenos creen que la igualdad de género avanzó pero quieren más mujeres en el poder Jueves 05 Marzo, 2026 | 11:05 Mientras tanto, los hombres votaban, decidían y dirigían. Las mujeres sostenían el mundo desde la cocina, la fábrica y la crianza al mismo tiempo, una doble —y a veces triple— jornada de la que dependía que todo siguiera funcionando, aunque casi nadie la reconociera como trabajo. Las condiciones eran tan precarias que tragedias como el Incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de 1911, en Nueva York, dejaron al descubierto la brutalidad del sistema. Más de cien trabajadoras murieron atrapadas porque las puertas estaban cerradas. La mayoría eran mujeres jóvenes inmigrantes que habían llegado buscando una oportunidad y terminaron encontrando jornadas interminables y un lugar del que literalmente no podían escapar. Ese día quedó claro algo difícil de ignorar: para muchos empleadores de la época la seguridad de las trabajadoras valía menos que la producción. Y la historia tiene ecos inquietantes, porque aún hoy muchas mujeres migrantes siguen llegando a distintos países buscando una vida mejor y terminan ocupando los trabajos más precarios y desiguales. Pero el problema no era solo el trabajo. La vida de muchas mujeres estaba completamente controlada. En muchos lugares del mundo —y Chile no era la excepción— durante décadas las mujeres dependían legalmente del marido para tomar decisiones importantes. Existían matrimonios arreglados, la violencia doméstica se escondía bajo la alfombra y el abuso muchas veces se callaba porque “así eran las cosas”. Aun así, muchas mujeres sostuvieron el ritmo de la vida cotidiana. Criaron hijos, cuidaron enfermos, hicieron rendir sueldos imposibles y mantuvieron funcionando familias completas mientras el reconocimiento público quedaba en manos de otros. Esa capacidad se vuelve especialmente visible cuando las mujeres empiezan a ocupar espacios históricamente reservados para los hombres. En política, empresas, ciencia o cultura, muchas veces no solo participan: hacen que las cosas funcionen. Pero culturalmente ese movimiento nunca ha sido fácil. Cuando una mujer entra a un espacio tradicionalmente masculino, muchas veces se le exige más que al resto. Debe demostrar constantemente que merece estar ahí, equivocarse menos y resistir el juicio permanente sobre su carácter. Si es firme, es mandona; si es directa, es agresiva; si muestra emociones, es débil. Es decir, además de hacer el trabajo, muchas veces deben justificar permanentemente su presencia. Por eso el 8 de marzo no es solo una fecha histórica. También es una invitación a mirar el presente. En Chile todavía existen desigualdades concretas. Durante años los planes del sistema privado de salud de las Isapres cobraban más caros a las mujeres que a los hombres por el mismo plan simplemente porque podían quedar embarazadas. La maternidad era considerada un riesgo financiero. También existe la brecha salarial. En promedio, las mujeres siguen ganando menos que los hombres por trabajos equivalentes. Y muchas veces el problema es estructural: las mujeres interrumpen con mayor frecuencia sus carreras para cuidar hijos, adultos mayores o familiares enfermos. Y ahí aparece otra palabra clave: los cuidados. Cuando miramos la vida cotidiana, todavía existe la expectativa de que las mujeres se harán cargo de la mayor parte del trabajo doméstico y de crianza. Cocinar, limpiar, organizar la casa, cuidar niños o familiares mayores... tareas indispensables para que la sociedad funcione, pero que rara vez se pagan o se reconocen como trabajo. Lee también... Mujeres en ensayos clínicos: una deuda histórica Jueves 05 Marzo, 2026 | 11:42 Por eso muchas de nosotras y nosotros somos hijas e hijos de una generación de supermadres. Mujeres que trabajaron fuera de casa y dentro de ella al mismo tiempo; que llegaban cansadas después de la jornada laboral y aun así se sentaban a revisar las tareas del colegio, a organizar el día siguiente y a pasar por cada pieza antes de dormir para dar el beso de las buenas noches. Pero también hay otra conversación que solemos evitar. Muchas desigualdades no se sostienen solo desde las leyes, sino también desde la cultura cotidiana. Todavía es común escuchar frases como “el papá ayuda en la casa”. Como si el cuidado fuera responsabilidad natural de la mujer y el hombre fuera un voluntario ocasional al que incluso se le aplaude por lavar un plato. También están los juicios entre mujeres. La madre que trabaja mucho “abandona” a sus hijos. La que decide quedarse en casa “no se realiza”. La que decide no tener hijos “ya se va a arrepentir”. En Chile, además, la violencia de género sigue siendo una realidad. Cada año se registran casos de femicidio, recordándonos que todavía existen contextos donde la vida de una mujer puede volverse peligrosa simplemente por ser mujer. Tal vez el verdadero desafío ahora sea construir un mundo donde no necesitemos supermadres. Un mundo donde cuidar y sostener la vida no dependa del sacrificio silencioso de una sola persona. Porque si algo nos enseñaron esas mujeres es que amar no debería significar desaparecer para que otros existan. Y quizá ese sea el verdadero sentido del Día Internacional de la Mujer: recordar que los derechos no aparecieron por arte de magia. Aparecieron cuando muchas mujeres se cansaron de esperar... y empezaron a exigir. Y la historia demuestra algo bastante claro: cuando suficientes mujeres se cansan, el mundo —aunque se resista— termina cambiando el ritmo.