Rasgar vestiduras y patear el tablero: la confusión entre consecuencia y tozudez en la política
2026-02-02 - 13:46
En la política —pero no solo en este ámbito—, suele haber cierta confusión entre dos palabras que usamos para calificar una forma de actuar. Nos referimos a la consecuencia y a la tozudez. En tiempos en que en nuestro país se están moviendo las aguas en partidos y coaliciones, cuando algunos deciden rasgar vestiduras, crear o romper alianzas, ordenar la casa o patear el tablero, pareciera oportuno reflexionar sobre estos conceptos. Salir del prejuicio Todos tenemos tendencia a valorar la consecuencia y a despreciar o condenar la tozudez. Positiva la primera, negativa la segunda en nuestra imaginación. Lo hacemos de forma tácita, sin mayor reflexión, como si la distinción entre ambos conceptos fuera lógica y evidente. Se dice, por ejemplo, que alguien que siempre ha mantenido una posición apegada a una ideología, como si esta fuera una religión, es una persona consecuente. Se respeta y se valora esa suerte de fidelidad permanente a una doctrina, incluso cuando ésta contenga principios con los que estamos en total desacuerdo. Y, aunque convencidos de que esa fidelidad se haya quedado estampada en un pasado fracasado, tenemos tendencia a respetar a quienes consideramos consecuentes. “Siempre ha pensado igual, es de una sola línea” —decimos— sin interrogarnos a fondo. El tozudo (obstinado, testarudo, dice también la RAE) es quien, apegado a sus ideas —las que considera las únicas válidas— se cierra por completo al diálogo, o solo lo acepta circunstancialmente, con el propósito de sacarle partido. Lee también... El futuro de las "oposiciones" y la tentación obvia de unirse contra el gobierno de Kast Sábado 31 Enero, 2026 | 09:30 Obstinado y testarudo, el tozudo se comporta como un hincha que grita sus consignas en la galería. Anhela tener siempre la razón, cueste lo que cueste. De ahí su desprecio y descalificación de las ideas o argumentos del otro. En la política, donde el arte de dialogar es seguramente el principal atributo de todo aspirante o practicante, la tozudez es un obstáculo mayor y en nada ayuda a quien ejerce el oficio. Aclarar la confusión Tan apreciado es el apego irrestricto a una causa —lo que a menudo confundimos con la consecuencia— que apartarse de algunos principios equivale casi a una transgresión sacrílega. Dentro de la propia conciencia, se teme romper con preceptos transformados en mitos; y aún más se teme la condena que conlleva una ruptura. Quien reniega de su fe o de sus creencias es un apóstata, y si bien en las democracias de Occidente ya no se le condena a la hoguera, como durante la Inquisición, la apostasía sigue siendo mal vista. Aunque, para ser preciso, el destierro, sea interno o externo, sigue siendo el castigo para los apóstatas en todas las dictaduras totalitarias. Ni qué hablar del renegado, quien, revelándose en contra de sus viejas convicciones, adhiere al bando “enemigo”. Este es incluso encarcelado y hasta asesinado por vendepatria, o “gusano”, y los ejemplos abundan. El diccionario distingue cuatro acepciones de consecuencia. Con relación a la que hacemos alusión, nos dice: “correspondencia entre los principios que profesa una persona y su conducta”. O sea, uno es consecuente únicamente con relación a los principios que profesa. La consecuencia sería actuar conforme a lo que se piensa, apegado a sus valores y convicciones. Esto no quiere decir que el pensamiento o el actuar de una persona tengan que permanecer inalterables en el tiempo, que no estén sujetos a dudas, evolución, adaptación y enriquecimiento. Toda la filosofía, desde los clásicos griegos hasta los postmodernos, no hace otra cosa que confirmar la duda como elemento motor del pensamiento y de la evolución permanente de las ideas. Y creemos que aquí reside el meollo de la confusión de los conceptos. Alguien coherente asume plenamente sus dudas. Nos referimos a aquellas que no son permanentes, como las del escéptico, sino a la duda necesaria y saludable, como las de Aristóteles y Descartes. Al primero se le atribuye la frase que dice: “la duda es el principio de la sabiduría”, y también “el origen de la filosofía” —agregan otros pensadores. El segundo reconoce la importancia de la duda como método permanente del análisis científico, la de “ver para creer”, como la del apóstol Tomás, pero en otro ámbito. Con el tiempo, no solo las sociedades cambian, sino que las personas adquieren experiencia; cuentan con más conocimiento y se nutren de los avances de la historia y de la ciencia. Nada más normal, entonces, que sus ideas y acciones estén llamadas a evolucionar, incluso, en aspectos sustanciales. La frase atribuida a Emmanuel Kant es aquí pertinente citar: “el sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca”. Y podríamos agregar: cambiar hasta romper con sus propios mitos y, sin embargo, seguir siendo consecuentes. La perniciosa tozudez Dicho esto, quien por décadas mantiene una convicción apegada a una ideología, sin experimentar la más mínima duda ni asumir, de una u otra manera, alguna contradicción; quien, como fanático alentando a su potro favorito en apuesta hípica, grita y manifiesta por causas envejecidas, indiferente ante los cambios de circunstancias y ciego ante los hechos, tiene más de tozudo que de consecuente. Y en la política, lamentablemente, son numerosos. En resumen, los actores políticos consecuentes son aquellos que dudan, aceptan los cambios, toman en cuenta las lecciones de la historia y dialogan —y éstos están en la izquierda y en la derecha—. Pero también existen quienes se aferran tenazmente a teorías que consideran inalterables en el tiempo, a verdades reveladas con “valor científico” —nos dicen—, a pesar de los avatares de una historia que ha demostrado su naufragio. Con estos representantes que llevan anteojeras, los diálogos suelen ser alambicados o únicamente tácticos. A estos segundos, lo más correcto sería atribuirles el calificativo de tozudos. Lee también... Sedini sin filtro (y sin diseño) Domingo 01 Febrero, 2026 | 08:00 Estas simples observaciones podrían indicarnos una distinción adicional entre las corrientes políticas de nuestra sociedad contemporánea. La diferenciación tradicional entre los partidos de izquierdas y derechas se basa en cómo cada uno se sitúa respecto a los principios de igualdad y libertad. De esta contradicción se declinan los énfasis que cada cual coloca en la libre competencia, la intervención del Estado, la propiedad, la igualdad de oportunidades, la libertad de emprender, la solidaridad, etc. Esta distinción tiene los límites que impone una realidad cada vez más compleja y cambiante. Su vigencia es contestada y, a menudo, sobrepasada. Pareciera posible, entonces, enriquecer la tipología, incorporando el actuar práctico de los movimientos políticos, sus métodos de acción, su organización interna... En tal caso, deberíamos distinguir entre los partidos que asumen su evolución, manteniéndose consecuentes en el tiempo, y aquellos que son reticentes u hostiles a la actualización de sus principios y métodos por considerarla “revisionista”, y en los que, por cierto, prima la tozudez. Observarlos resulta interesante y, en algunos casos, hasta patético.