Vi las cenizas humanas y cómo mis seres queridos se convertían en humo: sobreviví para contar
2026-02-02 - 18:46
Tenía 15 años cuando me separaron de mi madre y de mi hermano menor al llegar a Auschwitz. Al asignarnos a dos filas —la de la vida y la de la muerte— mi mamá decidió quedarse junto a su hijo, no soltarlo, en un intento desesperado por protegerlo. Sin embargo, sin saberlo, lo acompañó a una muerte segura. No hubo despedidas. Solo una línea indivisible, una decisión silenciosa y arbitraria que determinaba quién viviría unas horas más y quién no. Mi madre y mi hermano fueron enviados a la izquierda. Yo, a la derecha. Nunca más los vi. Sobreviví a Auschwitz y a Bergen-Belsen. Vi con mis propios ojos las chimeneas expulsando cenizas humanas y cómo mis seres queridos se convertían en humo, desapareciendo en el intento de los nazis por borrar sus existencias. Clasifiqué la ropa de quienes minutos antes habían sido engañados con la promesa de una ducha, dejando atrás sus pertenencias antes de caminar hacia la aniquilación. Trabajé con un chuzo, construyendo caminos que no llevaban a ninguna parte, salvo al agotamiento y la deshumanización. Aprendí que el hambre no siempre te vuelve flaco: a veces te hincha hasta matarte. Y entendí que el instinto de sobrevivir es tan fuerte que escapa a toda lógica. No fui más valiente ni más fuerte que otros. Simplemente, sobreviví. Y con esa sobrevivencia vino una responsabilidad: contar. Porque mientras haya alguien que escuche, el horror no se repetirá. A solamente horas de una nueva conmemoración del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, siento que mi voz es parte de un coro más amplio: el de millones de historias que deben seguir siendo escuchadas para que el horror no se repita. Lee también... Cómo se cimenta el odio: el camino a Auschwitz Miércoles 28 Enero, 2026 | 12:13 Al sobrevivir quedé completamente sola. Tiempo después, la Cruz Roja me puso en contacto con familiares que también habían sobrevivido y que vivían en Chile. Gracias a ello, pude reencontrarme con mis raíces y comenzar otra vida. Chile me recibió con los brazos abiertos. Aquí reconstruí mi vida. Aquí aprendí a reír de nuevo. Pero nunca dejé de recordar. Porque recordar no es vivir en el pasado, es evitar que el pasado se repita. Hoy, desde mi hogar en Chile (a solo días de cumplir 97 años), donde eché raíces, formé una familia y abracé una nueva vida, siento que mi historia no me pertenece solo a mí. Es parte de una memoria colectiva que debemos proteger con urgencia. Porque el olvido es el primer paso hacia la repetición. Cuando escucho discursos de odio, negacionismo o indiferencia, siento que mi testimonio es más necesario que nunca. No para despertar lástima, sino conciencia. No para mirar atrás con rencor, sino hacia adelante con compromiso. Sobreviví para contar. Y mientras tenga voz, seguiré contando. Porque el mundo necesita más memoria, más empatía y más humanidad. Y porque, al final del día, esa es mi victoria, mi respuesta a quienes quisieron aniquilarnos y borrarnos: que después de tanto horror, pude vivir, amar, criar y dejar en este mundo tres hijos, ocho nietos y veintidós bisnietos. Nunca más. Marta Neuwirth Sobreviviente del Holocausto